Martes 05 de Octubre, 2004
Señora, desmayese en otro lado
por Hernán Casciari

Estoy solo en una habitación, pero no he cerrado del todo la ventana. Interpreto monólogos. Actúo. Soy un violador, un chico de cinco años, un intolerante, una señora gorda, un mediocre, un asesino en serie, un marido desatento, una princesa triste. Con el tiempo, algunos peatones comienzan a quedarse unos minutos en la ventana.

Inicialmente, practico este juego para mí, para mi mujer y para unos cinco amigos que pasan por mi vereda a una hora señalada. Al principio, el pequeño guiño de complicidad puede manejarse con simpleza y casi nadie se da cuenta de nada. Ni yo mismo.

Luego se empieza a juntar gente que no conozco y que, sólo de verla a diario, empiezo a reconocer. Los monólogos e historias comienzan a durar un poco más de tiempo: unos quince minutos. Más tarde el número de peatones me supera. Un día son doscientos y me sorprendo. Después son más de mil. Ahora ya no lo sé: he dejado de contarlos para poder interpretar las obritas sin ponerme nervioso. Me gusta hacerlo con la libertad anónima del primer día.

Pero más tarde ocurre algo. Comienza a llegar más gente, pero ya no por el hecho de que se represente una obra improvisada de teatro, sino para saber qué hace tanta gente mirando por una ventana. Entonces, las conversaciones posteriores a la obra empiezan a tener más voces, y las nuevas no siempre entienden de qué va la cuestión.

Una tarde, mientras estoy parodiando a una princesa triste, una voz interrumpe el monólogo. No me habla a mí, sino al resto de los paseantes:

—¿Pero no os dais cuenta que es un señor, y no una princesa triste? —dice la voz, con la elocuencia de las cartas al director de un diario de derecha— ¿No véis que se está burlando de vosotros?

Al día siguiente otros muchos transeúntes ocasionales, que no acaban de observar el maquillaje (quizá porque están lejos de la ventana) irrumpen con gritos similares. Incluso peores. Algunos sospechan que mi nacionalidad republicana me inhabilita para hacer parodias de monarcas.

Decido entonces interpretar el personaje de la princesa triste con la ventana cerrada, pero no me divierte tanto.

—Cuando te hacés el loco y no te mira nadie no te hacés el loco—me decía mi abuela—, estás loco.

Y tenía razón. Entonces guardo la peluca y la corona en un cajón y sigo con otros monólogos. Al ver que no hay quien escuche sus quejas y pataleos, los advenedizos se retiran. No les gusta el teatro en sí; lo que les gusta es la parte en donde le tiran tomates a los actores.

Cuando veo que estamos otra vez los de siempre (somos muchos, pero por suerte cómplices) paulatinamente y adrede empiezo a maquillarme menos y a utilizar sólo el discurso para la reinterpretación de los personajes. Si para recrear a un machista antes me vestía con ropa oscura y me pintaba una enorme ceja de malvado con corcho quemado, ahora lo hago a cara descubierta, sólo impostando la voz y el discurso. Sospecho que ya estamos maduros. Y no me equivoco.

Las reacciones del público me divierten mucho más. Ya no dicen:

—Ey, Personaje, deja ya de humillar a esas mujeres.

Ahora, con guiños y gestos ampulosos, gritan:

—Ey, Hernán, deja ya de maltratar a tu esposa que es una santa.

Incluso mi mujer a veces sale corriendo a la calle y, desde la ventana, me grita cosas horribles para alegría de los cómplices. A veces mis padres, que están lejos, me sorprenden hablándome a través del vidrio, y me emociono porque los siento cerca. Otros días, inesperadamente, una paseante que nunca he visto en mi vida me deja en la puerta un regalo para mi hija que vale más que todos las historias que le he contado. Y ya me parece demasiada suerte.

También ocurre que a veces los gritos, las ocurrencias y las historias que cuentan los habitués en el coloquio posterior, son mejores que la obra que se ha representando. La ventana entonces cambia de posición y me convierto en espectador, mientras que ellos, los peatones, son los dueños de unas historias mil veces más diversas y creativas que la que yo he podido compartir ese día.

Entonces, vuelven los problemas.

Lo malo de que mucha gente se divierta mirando por una ventana es que la gente que no se divierte con las mismas cosas es muy molesta. Y otra vez, entonces, llegan señores de barrios más serios (donde también hay representaciones en las ventanas, pero representaciones reales en las que se habla de cosas importantes, como por ejemplo las cuentas de gmail y cómo hacer para ganarse una).

Los advenedizos llegan a mi ventana sin saber que allí se representa teatro; ven una puesta en escena en donde lucho con mi mujer para intentar que nuestra hija no hable nunca el catalán, o escuchan al burgués exagerado que asegura que la culpa del hambre en el mundo la tienen los etíopes, o entreven al machista insensible que pondera la belleza de una terrorista sin tomarse el redundante trabajo de repudiar obviedades, y se exhaltan. Y chillan. Y llaman a la policía (no a la de uniforme que está en la esquina, eso no sería tan grave: llaman a la policía que tienen dentro).

Algunos habitués, civilizados o expertos en estas lides de mirar teatro por las ventanas, intentan persuadirlos:

—Tranquilo, recién llegado —le dicen—. Son títeres de madera. El tipo un día abrió la ventana, sacó unos títeres y nosotros venimos a charlar sobre la obrita del día.

Los recién llegados, sin embargo, están tan enfadados con que una marioneta crea que los etíopes tienen la culpa de algo, que no entienden explicaciones, y llaman, a los habitués, "obsecuentes".

No sólo eso. Sospechan también que la afluencia de peatones frente a la ventana está íntimamente ligada al morbo que la obra representa:

—No dice esas barbaridades porque las crea realmente —cree descubrir el advenedizo, que posiblemente es sociólogo—, sino para que venga más gente a su ventana, y para que luego el coloquio sea largo. ¡Lo que quiere es popularidad, fama, dinero!

Los advenedizos tienen esa cualidad: se dan cuenta de todo el primer día, oyendo dos líneas de un monólogo, y los equivocados siempre son los demás. Los que han llegado a la ventana al principio, cuando aún se usaba el maquillaje, cuando todo era más rústico o más formal, ésos, están equivocados y deben ser alertados del fraude. Los que disfrutan no tienen razón. Los que tienen razón son los que se quejan. Igualito que en la vida real.

A veces, cuando el coloquio se ensucia (porque no todos hacen suspensión de realidad) me da un poco de pena. Me gustan los coloquios limpios, el juego franco, la camaradería. Incluso me gusta muchísimo cuando un peatón no está de acuerdo con la interpretación del monólogo, o con su argumento. Los debates serios son la frutilla, el broche de oro de la obrita.

Pero cuando se ensucia, cuando no puedo oír lo que dicen los que disfrutan porque los que no disfrutan gritan más fuerte, me dan ganas de volver a disfrazarme con corcho quemado, de volver al maquillaje explícito. Si voy a hacer de un imbécil, ponerme otra vez un cartel que diga "estoy interpretando a un imbécil" antes de empezar. ¿Debo hacerlo? Más de una vez lo he sopesado, pero creo que no.

Me parece que no quiero facilitarle la tarea a los peatones quejosos que sienten que todo es un insulto a la madre que los parió y a la Humanidad que tanto aman. ¿Y qué es lo que quiero, entonces? Lo que quiero es que no miren por la ventana. Que no molesten a los que están jugando.

No quiero volver a las máscaras y a las etiquetas de ficción para explicar, antes de cada monólogo, que no-soy-yo-verdaderamente-el-que—habla, como si fuésemos chicos de jardín de infantes que lloran porque el lobo se comió a Caperucita en serio. No quiero subestimar a los peatones que de verdad me importan, sólo para tranquilizar a los que me importan un carajo.

Yo estoy en mi casa y hago lo que quiero. Esa es una gran verdad, sí, pero hay otra: la vereda es libre y cada quién puede mirar o pasar de largo. Y hay una tercera verdad: si sé que me desmayo, cuando paso frente a un accidente de moto no miro.

No voy a cerrar la ventana por culpa de los hipersensibles, ni voy a volver al corcho quemado para dar a entender que sobreactúo. No lo haré por convicción o por capricho. Cosa mía.

Va siendo hora de que, también por convicción y por capricho, quienes sospechen que Orsai es un accidente de moto en el ordenado tránsito de la ciudad, dejen de mirar el charco de sangre. Aunque les digan que es ketchup. Y si siguen mirando —sea por morbo o por masoquismo o por hipnosis— por favor: desmáyense en otro lado.

Imprimir Enviar a un amigo Internet 169 Comentarios