Martes 29 de Noviembre, 2005
Me puede repetir la pregunta?
por Hernán Casciari

Tengo un amigo zanquista que trabaja en las inauguraciones de los hipermercados, o en los actos políticos, o en las ferias y los congresos, o en cualquier lado donde hagan falta saltimbanquis. Lo contratan, él se disfraza de payaso, se sube a los zancos y empieza a hacer piruetas. Un día me dijo que lo único que le molestaba de su oficio era que siempre, siempre, se aparecía un tipo que, suponiendo ser original, le preguntaba: “Che, flaco, ¿hace frío ahí arriba?”

Hay una clase de gente, generalmente con bigotito, que sospecha todo el tiempo que está siendo original con un comentario gastado, o con una pregunta estúpida. Mi amigo zanquista me confesaba, con lágrimas en los ojos, que después de la pregunta recurrente y graciosa sobre la temperatura, el sujeto vulgar espera siempre una sonrisa, una complicidad o un guiño; y mi amigo (que es buena persona) sonríe falsamente y responde con buen humor desde hace décadas a esa clase de terrorista social. Pero se cansa el pobre, y tiene razón.

Lo triste es que no le pasa únicamente a él. Imaginemos por un segundo que nuestro apellido sea Angulo, o Mastretta, o cualquier otro que contenga en su última sílaba la tentación de una rima de mal gusto. Nunca faltará un gracioso, un comediante mediocre, que haga el chiste, siempre el mismo chiste en forma de verso, y que espere luego nuestra admiración.

En Argentina nunca me pasaba nada grave cuando decía mi nombre de pila, porque allí es un nombre habitual. Pero aquí, en España, nadie se llama como yo. Por lo tanto, desde hace cinco años escucho todo el tiempo la frase “ah, como el conquistador Cortés” cuando digo quién soy, y cada persona que me lo dice pone cara de ser la primera que lo descubre. También nos ocurre mucho, a los argentinos en el exterior, que algunos nativos mediocres intentan imitar el acento rioplatense para hacerse amigos:

Che boluuudo cómo andás viiistes —dicen, convencidos de que ésa es la forma correcta de romper el hielo, o la manera adecuada de que uno se sienta cómodo. Siempre resulta patético, pero debemos sonreir porque estamos jugando en cancha de ellos.

Cuando sonreímos sin ganas, a la fuerza o por compromiso, involucramos al músculo abductor, que es uno que está a los costados de la cara, envolviéndonos la mandíbula. Este músculo se contrae y sufre, padece una obturación contranatura ante la mediocridad de un comentario, generando calambres y ganas de que nos trague la tierra.

No quiero demonizar al imbécil, porque en su pecado reside también su castigo. El hombre mediocre, en realidad, no es un tipo ruin, ni maldito, ni hijo de una gran puta. Es un pobre diablo. Pero tiene algo sin embargo que lo convierte en maléfico: nos obliga a optar entre ser hipócritas y sonreirle la gracia, o ser mal educados y mandarlo a la mierda. No nos deja la posibilidad de salir airosos de su discurso vulgar y repetitivo. Nos pone entre la espada del careteo y la pared de la violencia.

Lo mismo les ocurre a las rubias tetonas. El hombre mediocre tiende a tocarle bocina a esta raza de señoritas. Tocar bocina no cuesta nada, y es la manera más sencilla de comprobar la vulgaridad de un varón. El hombre vulgar ve una rubia tetona por la calle, saca el brazo izquierdo por la ventanilla y con la mano derecha toca bocina. No sabemos para qué, pero lo hace. A veces también frunce los labios, como si estuviera chupando un mate invisible, y chifla.

Algunos festejan estas gracias absurdas del macho, pero pongámonos un segundo en la piel de una rubia tetona que camina diariamente un kilómetro para ir de su casa a la boutique. Esta chica escucha cien, doscientos bocinazos en su recorrido matinal. Si trabaja cinco días a la semana, podemos decir que recibe unos ocho mil bocinazos por mes, de ida y de vuelta. Lo que es igual a millón y medio de bocinazos entre su pubertad hasta que se le caen las tetas.

¿Es posible soportar semejante saña? Las rubias tetonas viven en medio de una repetición, de un bucle ensordecedor. Viven, las pobres criaturas, en un permanente atasco de tránsito. Y después nos preguntamos por qué las rubias tetonas son tontas... ¿Cómo no van a ser tontas con semejante ruido? Lo raro es que no sean sordas.

Sin embargo, la vida del hombre mediocre transcurre en paz. Él no sabe que repite eternamente un gesto, una pregunta, un chiste tonto o un comentario vulgar. No lo sabe porque, como el perro de campo, caga y se va. Pero hay gente (el pobre zanquista, el señor Angulo, el petiso con pecas que se parece a Marcelo Marcotte, el que se llama igual que un político famoso, la rubia tetona) que tiene la cabeza que le explota con la repetición interminable de una gracia.

“¿Nunca te dijeron que sos idéntico a Julio Bocca?”, escuchan algunos todo el tiempo; “Ay, ¡tu apellido se escribe igual que la marca de ginebra!” tienen que oír otros de por vida. El hombre mediocre no sabe que no hay originalidad en sus palabras. No intuye que eso que acaba de decir ya ha sido escuchado mil veces por unos oídos cansados.

Escribo con semejante rabia porque esta semana, por una carambola del destino, recibí un premio en Alemania y en mi casa el teléfono no paró de sonar durante siete días con sus noches. Periodistas de todas partes del orbe me hicieron, durante cientos de horas, las mismas tres preguntas. No un día, ni dos: sino muchos días. Uno tras otro, sin parar. Y yo les respondí estoicamente, diciendo cada vez lo mismo y poniendo cara de perro sanbernardo que todo lo soporta.

Si en una semana estuve a punto de enloquecer, no quiero pensar qué les ocurre a quienes, por una razón u otra, deben convivir con la pereza ajena durante toda la vida.

Pero debo decir que no todo está perdido: una noche, de entre la marejada de preguntas idénticas, hubo un periodista de un diario regional, humilde y desconocido, que tuvo la delicadeza y el respeto de preguntarme cosas distintas y divertidas. Quiero homenajear a ese señor que no conozco (pero que es mi amigo ya para siempre), porque fue un remanso escuchar la originalidad de sus preguntas; fue un descanso necesario en una larga escalera de peldaños idénticos.

Si todos obrásemos como este periodista, no sólo viviríamos con el músculo abductor relajado, sino que también las rubias tetonas (o al menos algunas) llegarían a Ministra del Interior.

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