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Hace seis años yo vivía en una casita alucinante, en miniatura, que parecía el decorado de una sit-com. En realidad lo era, porque me la alquilaba un alemán que había trabajado durante veinte años como escenógrafo de Canal 13, y la había puesto a punto con sus propias manos. Era todo chiquito y placentero, y tenía una barra de madera que separaba la cocina del comedor. Y taburetes. También había un jardín, con un horno de barro y una parrilla. Y no tenía Internet. Hace seis años mi vida era la prehistoria.
Hace seis años todavía estábamos en el siglo pasado. Yo escribía sonetos, vivía del otro lado del Atlántico, era veinteañero, trabajaba de noche, no tenía una hija, jugaba al paddle todos los miércoles, tenía una novia de dieciocho años que se desmayaba cuando hacía calor, en mi casita de comedia se hacían fiestas muy raras, se jugaba al póker abierto, y me había comprado un sommier de plaza y media con resortes bicónicos. No tenía Internet ni me parecía importante. Hace seis años mi vida eran unas vacaciones.
Con la excusa de la comida paga
nos quitan de lo incierto y nos devuelven
—desnudos— a recomponer la saga
de misterio en que todo se resuelve.
Vano entonces decir amor eterno,
plazo fijo, quizás, ella te espera,
financiación, después, futuro yerno...
No hay razón de llenar las cubeteras
si vivir es la breve temporada
que nos distrae del yugo de hacer nada.
Hace seis años tenia un teléfono celular de un kilo y medio que sonaba demasiado por la noche; un jefe rengo hincha de Racing que me quitaba cien pesos del sueldo si llegaba diez minutos tarde; un pájaro gigante que cantaba los sábados en el patio y se llamaba Juancarlos (yo lo había bautizado así); tenía un jazmín, tenía un helecho y tenía también el recuerdo de otro pasado menos bueno. Hace seis años mi vida era una primavera que empezaba tarde.
y así volar al ras del subterráneo
y aterrizar en sótanos y cloacas,
sin sol dermatológico o cutáneo
y con miedo a la cruz y a las estacas.
Yo fui invernal; viví congestionado,
amarillento y pobre de suspiros,
tan ajeno del verde y del dorado.
Cálido hogar, hoy salgo al patio y miro:
sonríe el horno de barro, el helecho
y el jazmín, porque el cielo está al derecho.
Eso es raro, ¿ves? Hace seis años la nostalgia me quedaba a cien kilómetros. Mi esquina del barrio de Belgrano era entonces el ‘afuera’. Yo era un mercedino que vivía en la capital: no echaba de menos la batata, ni el dulce de leche, ni el bombardeo televisivo pre-Mundial, sino caminar de noche por la Avenida Cuarenta. Era una melancolía fácil de arrastrar, una saudade que ahora me parece de juguete. Hace seis años el exilio se combatía subiendo a un 57 en Plaza Italia.
y que el virtuoso del subte de olleros
vive cantando al amor desgarrado
pero no oí a nadie cantar junio brusco
nunca jamás como a eduardo byrne
ni tampoco pasó un motociclista
por corrientes y carlos pellegrini
que se paró para fumar conmigo
y avisarme en qué quinta era la fiesta
fui feliz en la plaza del congreso
y desdichado en un zaguán de urquiza
pero no tan feliz ni desdichado
como en algún lugar de la Cuarenta
Hace seis años, a la tarde, mi padre quiso que lo instruyera sobre cómo funcionaba un chat, para poder vigilar a su nieta de ocho años cuando se conectara. No quería problemas ni cosas raras. Abrimos entonces un portal cualquiera y le empecé a explicar (casi sin saberlo) cómo había que hacer para conversar con gente.
Hace seis años, a la misma hora, a vos te había dado risa un banner en Internet que utilizaba la forma verbal de Argentina. La publicidad rezaba: “Hacé clic y conectáte en un periquete”, o algo parecido. Te preguntaste, curiosa, cómo sería un chat donde toda la gente usara mal los acentos de los verbos y dijera palabras raras, y te metiste en un portal de Argentina.
Pudo no haber pasado nunca, como todas las cosas de este mundo. Pero pasó justo de esa manera y ahora hace seis años. Yo vi, entre la turba de gente parloteando al mismo tiempo, a alguien que era de España y que no hablaba. Me acordé del libro de Camilo José Cela, el que no podía conseguir por ninguna parte, y entonces te pregunté:
—¿Sos de España?
—De Barcelona.
—¿Conocés a Cela?
—Claro.
Le dije a mi padre: “¿Ves? Así es como se usa un chat, podés hablar por acá con todo el mundo al mismo tiempo, o por acá con una persona sola”. A mi padre le pareció bien y me cebó un mate. En media hora empezaba Racing-Independiente y lo pasaban en directo, así que se fue a la pieza para conectar el cable trucho y preparar los sillones. En el monitor había una frase nueva, desde hacía un rato:
—¿Por qué lo preguntas? —decían tus letras, parpadeando.
Hace seis años, más o menos a esta hora, decidí seguir hablando un poco más con vos, por lo menos hasta que empezara el partido.
Era el 14 de mayo del año 2000 y yo todavía no sabía que Racing iba a perder dos a uno con un gol de Cambiasso en el complemento, ni que vos te llamabas Cris, ni que al final de aquel siglo viejo nos abrazaríamos en el aeropuerto Charles de Gaulle, ni que andaríamos por París esquivando la nieve, ni que tendríamos esta casa, y después esta hija, y después esta historia.
Yo sé que me quejo mucho, y que extraño todo, y que te cuesta soportar mi adolescencia y mis pataleos. Yo sé que estás cansada de oírme decir cuánto me gustaba mi otra vida, mi otro siglo y mi otro mundo. Y que me paso el día mirando la tele argentina y escribiendo boludeces en contra de España, y tratando de que la Nina no aprenda nunca catalán, y diciendo en las sobremesas con amigos que no sabés cocinar ni un huevo frito. Pero una vez cada seis años también soy capaz de decir la verdad; solamente una vez cada seis años, porque escribir cursi me saca sarpullido. Así que escucháme bien, porque la próxima es en el 2012: la verdad, la puta verdad de todo este asunto, es que jamás he sido tan feliz como en estos años.
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